19, noviembre 2024
Por: Rodrigo A. Longa T.
“Un gramo de prevención vale más que una libra de cura.”
Benjamin Franklin
El 19 de noviembre de 2024 nos invita a reflexionar sobre una verdad tan simple como urgente: los incendios no se combaten únicamente cuando las llamas ya están fuera de control, sino mucho antes, a través de la planificación y la prevención. En una región como Tarapacá, donde las condiciones climáticas, la expansión urbana y la presencia de asentamientos informales incrementan los riesgos, la implementación de cortafuegos se vuelve una herramienta esencial para resguardar vidas y bienes.
Los cortafuegos no son solo zanjas o franjas de terreno despejado; representan una estrategia preventiva que permite frenar o disminuir la propagación del fuego, otorgando tiempo valioso a los equipos de emergencia y facilitando la evacuación de las comunidades. Su correcta planificación e implementación reflejan una visión de gestión del riesgo que prioriza la anticipación por sobre la reacción.
La experiencia nacional e internacional demuestra que la prevención es siempre más efectiva y menos costosa que la respuesta a la emergencia. Sin embargo, con frecuencia las inversiones en medidas preventivas no reciben la misma atención que las acciones de combate del fuego. Esta situación evidencia la necesidad de fortalecer una cultura preventiva que involucre tanto a las autoridades como a la ciudadanía.
En Tarapacá, el crecimiento urbano y la presencia de campamentos o sectores con infraestructura precaria aumentan la vulnerabilidad frente a incendios estructurales. La acumulación de materiales combustibles, las conexiones eléctricas informales y la cercanía entre viviendas generan condiciones propicias para la rápida propagación del fuego. En este contexto, los cortafuegos, junto con la educación comunitaria y la planificación territorial, se transforman en herramientas fundamentales para reducir el riesgo.
No obstante, la prevención de incendios no es responsabilidad exclusiva del Estado o de los organismos de emergencia, como Bomberos o SENAPRED. La comunidad también cumple un rol clave mediante acciones simples pero significativas: mantener despejados los alrededores de las viviendas, revisar instalaciones eléctricas, contar con extintores y conocer las vías de evacuación. La corresponsabilidad es el pilar sobre el cual se construye una región más segura.
Asimismo, es fundamental que las políticas públicas integren la prevención de incendios dentro de una estrategia de desarrollo sostenible. La planificación urbana, la gestión ambiental y la educación ciudadana deben articularse para disminuir las condiciones de riesgo y fortalecer la resiliencia territorial. Invertir en prevención no solo protege vidas, sino que también reduce los costos sociales y económicos asociados a las emergencias.
El 19 de noviembre de 2024 debe ser recordado no solo como una fecha vinculada a la implementación de cortafuegos, sino como un llamado a consolidar una visión preventiva en la gestión de incendios. Anticiparse a la emergencia es un acto de responsabilidad colectiva y una muestra de compromiso con el bienestar de la comunidad.
En definitiva, la verdadera fortaleza de una región no se mide por su capacidad de reacción ante el desastre, sino por su habilidad para prevenirlo. Tarapacá tiene la oportunidad de avanzar hacia una cultura de la prevención, donde la planificación y la conciencia ciudadana se conviertan en las principales barreras frente al fuego. Porque cuando se trata de incendios, prevenir no solo es una opción: es una obligación.




