12, diciembre 2024
Por: Rodrigo A. Longa T.
El 12 de diciembre de 2024 marca el inicio de una temporada especialmente sensible para Tarapacá. El verano no solo trae más sol, más visitantes y mayor actividad en el borde costero; también aumenta los riesgos asociados al uso intensivo de playas, caletas, paseos, rutas, espacios públicos y sectores de alta concurrencia. En una región donde el mar es parte central de la vida cotidiana y de la identidad territorial, disfrutar del verano también debe significar aprender a prevenir.
Durante la temporada estival, Iquique y otros sectores costeros reciben una mayor circulación de turistas, familias, deportistas, comerciantes y visitantes ocasionales. Ese incremento de personas dinamiza la economía local y fortalece la actividad recreativa, pero al mismo tiempo exige más vigilancia, más educación ciudadana y mejores condiciones de respuesta ante emergencias. Cuando aumenta el uso de un territorio, también aumenta la responsabilidad de cuidarlo.
Los accidentes en playas, extravíos de niños, golpes de calor, consumo de alcohol en espacios públicos, imprudencias en el tránsito, rescates marítimos y situaciones de riesgo en sectores de paseo no son hechos excepcionales del verano: son escenarios previsibles que deben abordarse con anticipación. La prevención no puede improvisarse cuando la playa ya está llena o cuando la emergencia ya ocurrió. Debe estar instalada antes, en la señalética, en la presencia institucional, en la educación comunitaria y en la conducta de las personas.
En Tarapacá, el borde costero cumple múltiples funciones: es espacio turístico, deportivo, comercial, familiar y comunitario. Por eso, la seguridad en esta época del año no puede reducirse a una tarea de temporada. Se requiere una coordinación efectiva entre municipios, Armada, salvavidas, Carabineros, servicios de salud, comercio local, equipos de emergencia y medios de comunicación. La prevención funciona mejor cuando las instituciones no actúan por separado, sino como parte de una estrategia compartida.
Pero también hay una dimensión ciudadana que no puede eludirse. El autocuidado sigue siendo una herramienta central. Respetar las zonas habilitadas para baño, atender las advertencias, cuidar a niños y adultos mayores, hidratarse, evitar conductas temerarias y actuar con responsabilidad en espacios concurridos son decisiones simples que pueden prevenir accidentes graves. El verano no suspende el riesgo; muchas veces, lo intensifica.
La educación pública cumple aquí un rol fundamental. No basta con recomendaciones aisladas o campañas de último minuto. La cultura preventiva debe comunicarse de forma cercana, clara y repetida, especialmente en una región donde el borde costero es parte del uso diario de la comunidad. Informar bien también es proteger.
El verano en Tarapacá debe ser una oportunidad para disfrutar, compartir y fortalecer la vida comunitaria, no para lamentar tragedias evitables. Una playa segura, un paseo seguro y un espacio público bien cuidado no dependen solo de la belleza del paisaje, sino del compromiso de todos quienes lo habitan y lo visitan.
Porque en una región abierta al mar y al turismo, la mejor temporada no es la que solo recibe más visitantes, sino la que logra que todos regresen a casa sanos, seguros y con la tranquilidad de haber disfrutado un espacio preparado para cuidar la vida.




