8, octubre 2025
Por: Rodrigo A. Longa T.
āEducar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto.ā
Aristóteles
El 8 de octubre de 2025, en el marco del Mes de la Reducción del Riesgo de Desastres, TarapacÔ vuelve a enfrentar una pregunta esencial: ¿estamos realmente preparados para convivir con los riesgos de nuestro territorio? La respuesta no depende solo de las autoridades ni de los organismos de emergencia. Depende también de lo que aprendemos, enseñamos y practicamos antes de que ocurra una emergencia.
TarapacÔ es una región expuesta a múltiples amenazas: sismos, tsunamis, incendios, accidentes de trÔnsito, emergencias en zonas costeras, riesgos en campamentos y dificultades de conectividad territorial. Por eso, hablar de reducción del riesgo no es hablar de una preocupación lejana, sino de una necesidad cotidiana. La prevención debe formar parte de la cultura regional, del lenguaje familiar, de la educación escolar y de la conversación pública.
La cultura preventiva debe enseñarse antes de la tragedia. No sirve aprender una ruta de evacuación cuando la alarma ya suena. No basta saber qué hacer frente a un incendio cuando el humo ya entró a la vivienda. No es suficiente hablar de seguridad vial después de un accidente fatal. La prevención requiere anticipación, repetición y compromiso.
Los colegios cumplen un rol fundamental. Allà se forman hÔbitos, se enseñan protocolos y se transmite a niños, niñas y jóvenes la importancia de saber actuar ante una emergencia. Un estudiante que aprende a identificar zonas seguras, rutas de evacuación o medidas de autocuidado no solo se protege a sà mismo; también lleva ese conocimiento a su hogar y a su comunidad.
Los barrios también son espacios clave. Una junta de vecinos organizada puede marcar la diferencia entre el caos y una respuesta coordinada. Saber quiénes son los adultos mayores que requieren apoyo, dónde estÔn los puntos de encuentro, qué familias tienen niños pequeños o qué viviendas presentan mayor riesgo de incendio permite construir comunidades mÔs preparadas y solidarias.
La familia, por su parte, es la primera escuela de prevención. Revisar instalaciones eléctricas, acordar un punto de reunión, mantener una mochila de emergencia, conocer teléfonos útiles y conversar sobre qué hacer ante un sismo, un incendio o un accidente son acciones simples, pero profundamente necesarias.
Y los medios de comunicación tenemos una responsabilidad especial. No basta informar cuando ocurre la tragedia. TambiĆ©n debemos educar antes, explicar con claridad, difundir recomendaciones, visibilizar buenas prĆ”cticas y acercar la información oficial a la ciudadanĆa. La prevención necesita lenguaje simple, cercanĆa territorial y constancia.
El Mes de la Reducción del Riesgo de Desastres debe ser mucho mÔs que una fecha en el calendario. Debe transformarse en una oportunidad para revisar cuÔnto sabemos, cuÔnto practicamos y cuÔnto nos falta por mejorar. Una región preparada no es aquella que nunca enfrenta emergencias, sino aquella que sabe responder mejor porque se organizó a tiempo.
TarapacÔ no puede improvisar su seguridad. La prevención debe instalarse en las salas de clases, en las sedes vecinales, en los hogares, en las radios, en los medios digitales y en cada espacio donde se construye comunidad. Porque cuando el riesgo forma parte del territorio, la preparación debe formar parte de nuestra identidad.
Prevenir es educar. Educar es proteger. Y proteger, en una región como TarapacÔ, es una responsabilidad compartida que comienza mucho antes de la emergencia.




