4, julio 2025
Por: Rodrigo A. Longa T.
“La mejor manera de predecir el futuro es crearlo.”
Peter Drucker
El 4 de julio de 2025, Tarapacá recibió una noticia que merece ser mirada con atención: la reducción cercana al 80% de las hectáreas afectadas por incendios forestales. En tiempos donde las emergencias suelen ocupar titulares por sus consecuencias más dolorosas, este tipo de resultados permite hablar de algo distinto y necesario: la prevención efectiva.
Reducir la superficie afectada por incendios no ocurre por casualidad. Detrás de esos avances hay planificación, coordinación institucional, monitoreo, trabajo territorial y una comunidad que comienza a comprender que la prevención no es un discurso, sino una práctica concreta. En una región marcada por zonas rurales, quebradas, vegetación vulnerable, altas temperaturas y territorios de difícil acceso, anticiparse puede significar la diferencia entre un incidente controlado y una emergencia mayor.
La experiencia demuestra que la prevención funciona cuando se trabaja antes de que aparezca el fuego. La limpieza de sectores críticos, la educación comunitaria, la vigilancia temprana, la coordinación entre CONAF, Bomberos, SENAPRED, municipios y organizaciones locales son piezas de una misma estrategia. Ninguna institución puede enfrentar sola un incendio forestal; la respuesta efectiva depende de una red que actúe de manera rápida, ordenada y con información clara.
Este resultado también entrega una lección importante para la región: cuando las políticas preventivas se sostienen en el tiempo, generan impacto. No basta con reaccionar cuando las llamas avanzan. Se requiere planificación permanente, inversión en capacidades locales, capacitación de comunidades y una mirada territorial que reconozca las particularidades de Tarapacá. Prevenir en el norte no es igual que prevenir en otras zonas del país; aquí el desierto, las quebradas, los poblados rurales y la disponibilidad de agua imponen desafíos propios.
Sin embargo, esta disminución no debe llevarnos a la complacencia. Que las hectáreas afectadas hayan bajado es una buena señal, pero no significa que el riesgo haya desaparecido. El cambio climático, las olas de calor, la presión sobre zonas rurales y la acción humana siguen siendo factores de amenaza. La prevención debe entenderse como un proceso continuo, no como una campaña estacional.
Además, el rol de la ciudadanía es fundamental. Evitar quemas no autorizadas, no abandonar residuos, denunciar conductas de riesgo, mantener despejados los entornos y respetar las indicaciones de las autoridades son acciones simples que pueden evitar daños enormes. La cultura preventiva se construye cuando cada persona entiende que su conducta también puede proteger o poner en peligro a otros.
Tarapacá tiene aquí una oportunidad: convertir un buen indicador en una política sostenida. Si la coordinación logró reducir de manera significativa las hectáreas afectadas, entonces el camino es profundizar esa fórmula, fortalecerla y llevarla también a otros ámbitos de la seguridad regional, como incendios estructurales, accidentes de tránsito, emergencias costeras y gestión del riesgo.
La prevención no siempre se ve, porque su mayor éxito es aquello que no ocurre: el incendio que no se expande, la familia que no pierde su hogar, la comunidad que no debe evacuar, el daño ambiental que se evita. Por eso, cuando los resultados aparecen, hay que reconocerlos, aprender de ellos y exigir que no sean excepcionales.
Tarapacá demuestra que anticiparse salva vidas, protege territorios y reduce daños. La tarea ahora es no retroceder. Porque la verdadera seguridad no se construye apagando incendios, sino evitando que comiencen.




