7, agosto 2024
Por: Rodrigo A. Longa T.
“La preparación a través de la educación es menos costosa que el aprendizaje a través de la tragedia.”
Max Mayfield, exdirector del Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos
El 7 de agosto de 2024, la Región de Tarapacá fue escenario de un nuevo simulacro de sismo y tsunami, una actividad que, más allá de su carácter preventivo, nos invita a reflexionar sobre la forma en que convivimos con los riesgos naturales. En un territorio marcado por su condición costera y su historia sísmica, la preparación no es una opción, sino una necesidad permanente.
Tarapacá vive con la memoria de grandes eventos sísmicos y con la certeza científica de que futuros terremotos y tsunamis son inevitables. Sin embargo, lo que sí puede evitarse es el impacto devastador que estos fenómenos generan cuando la población no está debidamente preparada. Los simulacros, en este sentido, representan mucho más que un ejercicio logístico: son una herramienta fundamental para salvar vidas.
La prevención no puede improvisarse el día de la emergencia. Requiere planificación, educación y coordinación entre instituciones y ciudadanía. Conocer las rutas de evacuación, identificar las zonas seguras y comprender los protocolos de actuación son acciones que deben integrarse en la vida cotidiana de la comunidad. La rapidez con la que las personas reaccionan ante una alerta puede marcar la diferencia entre la vida y la tragedia.
Asimismo, estos ejercicios permiten evaluar la capacidad de respuesta de las instituciones encargadas de la gestión del riesgo, como SENAPRED, los municipios, las fuerzas de orden, los servicios de salud y los cuerpos de Bomberos. La coordinación entre estos actores es esencial para garantizar una evacuación ordenada y eficiente, así como para fortalecer la confianza de la ciudadanía en los sistemas de protección civil.
No obstante, el desafío no termina con la realización de un simulacro. Es fundamental que estas iniciativas se mantengan en el tiempo y que su alcance se extienda a todos los sectores de la región, incluyendo establecimientos educacionales, empresas, comunidades rurales y poblaciones vulnerables. La cultura preventiva debe ser parte de la identidad regional, especialmente en un territorio donde el riesgo es una condición permanente.
Además, la planificación urbana y el desarrollo territorial deben considerar estos escenarios de amenaza. La señalética adecuada, la mantención de las rutas de evacuación y la educación continua de la población son elementos clave para construir una región resiliente. La prevención no solo salva vidas, sino que también fortalece el tejido social y la capacidad de recuperación frente a desastres.
El simulacro del 7 de agosto de 2024 nos recuerda que la seguridad no depende únicamente de la reacción ante la emergencia, sino de la preparación previa. Cada familia, institución y autoridad tiene un rol que cumplir en este proceso. La verdadera resiliencia de Tarapacá se construye antes de que ocurra el desastre, mediante el conocimiento, la organización y la responsabilidad compartida.
En una región donde el mar es parte esencial de su identidad, aprender a convivir con sus riesgos es un acto de responsabilidad colectiva. Porque cuando la tierra tiembla y el mar se levanta, la diferencia entre el caos y la protección radica en una sola palabra: prevención.




